viernes, 30 de mayo de 2014

Lazos eternos: Capítulo II



Tras un largo e intenso día, al fin habían llegado a casa. Lo primero que hizo Donna fue tirarse en la cama y arrojar las botas contra el suelo. Yenedey sin embargo, fue derecho a la nevera a beber un poco de Coca-Cola fría directamente de la botella. Por la mañana habían ido a la montaña, anduvieron un par de horas hasta llegar a la cima. Una vez allí prepararon un gran picnic con las cosas que habían llevado, santwich, manzanas, galletas de chocolate, unas nueces, y un par de botellas de agua. Todo esto sobre un mantel de cuadros rojo, como tantas veces habían visto en las películas. Después de comer se echaron abrazados sobre  una manta gris para disfrutar del cálido sol. Por la tarde cuando ya empezó a refrescar, recogieron todo y bajaron de nuevo a la ciudad. Como ultima sorpresa Yenedey Sura invito a Donna a cenar en un elegante restaurante, después de una sesión de cine.
- ¡Awh! menudo día eh…
Susurro Yenedey lanzándose sobre la cama
- Estoy reventada, hacía mucho que no salíamos.
- ¡Ay ven aquí! ­- indico el muchacho rodeándola entre sus brazos. - Tengo que decirte algo, pero no te va a gustar.
- ¡Vaya! ¿Por eso ha sido todo esto? ¿La excursión, el cine, la…
- ¡No, no, no! Quería pasar el día contigo, eso es todo. Pero...
- ¡Venga suéltalo ya!
Donna se había incorporado cruzando las piernas sobre las mullidas mantas, por lo que Yen no tuvo más remedio que imitarla.
- No es tan grave, es solo que voy a irme a pasar el verano con mi familia, he hablado con mi madre y se lo prometí.
- Ah, es eso. ¿Todo el verano?
No entendía por qué Yenedey pensó que no le gustaría, sí, era cierto que pasarían bastante tiempo separados, pero también entendía que estar con su familia era algo que le hacía feliz y que de hecho lo necesitaba.
- Si, volveré cuando empiecen las clases.
- Me parece bien. ¿Me llamaras?
- Sabes que sí, preciosa. - Concluyo besándola con pasión.

La siguiente semana fue muy dura para Donna, pues aunque sabía que su amado contactaría con ella y que solo serían un par de meses, no podía evitar pensar en estar más de siete días sin él. Las pocas veces que se había ido, lo había echado muchísimo de menos, por no mencionar la de barbaridades que se le pasaba por la mente, tales cosas como: <<¿Y si ya no me quiere?, ¿y si no vuelve?, ¿y si se olvida de mí?>>. No es que fuese una persona dependiente ni mucho menos, sin embargo lo había pasado tan mal, que tenía miedo de que le rompiesen el corazón de nuevo. Otra de las razones era que no se sentía segura de sí misma, se veía como una chica del montón. Sin embargo Yenedey era… un ángel caído del cielo. Era un poco más alto que ella, esbelto y musculoso con una tez ni muy pálida ni muy morena, su cabello tan negro como la noche y unos preciosos ojos castaños. Así es como ella lo veía, como la cosa más bonita del universo. Pensaba en por que alguien como él se habría fijado en alguien como ella. << Sí, el físico no lo es todo, aunque en la sociedad en la que vivimos hoy en día, te dan a entender todo lo contrario. Él podría estar con quien quisiera, de hecho sé que hay un par de chicas interesadas en él, sin embargo esta conmigo...>>  A pesar de las dudas de la muchacha Yenedey le quería, se quedó prendido por ella casi al instante en que la vio. Le pareció… diferente. No era la típica mujer manipuladora, controladora y amargada, ella estaba siempre alegre, riendo casi por cualquier cosa, una persona muy calmada y con ciertos toques de locura, algo que le encantaba.

Habían pasado tres semanas desde que se fue. La última vez que Yen le llamó por teléfono, estuvieron hablando casi una hora y media. Conversando de cosas sin sentido, lo que habían estado haciendo, historias para pasar el rato y sentirse ambos al otro lado del teléfono. Se echaban mucho de menos.
Sin embargo una mañana recibió una llamada telefónica que le partiría el alma. Malas noticias me temo. Era Sarah la que estaba detrás del teléfono, la madre de Yenedey, Una mujer encantadora que inspiraba confianza a primera vista. Le conto que Yenedey había salido a dar una vuelta en el coche y tuvo un lamentable accidente. Un accidente que acabo con su vida.

*

Abrió los ojos de golpe al mismo tiempo que se incorporaba. Estaba nerviosa y bañada en un mar de sudor. Ahora lo recordaba todo. O casi todo al menos.  Yen había muerto, o eso le dijo Sarah. Lo que estaba claro era que la había mentido y se sentía ofendida y dolida por ello. ¿Por qué lo haría? En realidad no necesitaba preguntarlo, sabía perfectamente porque lo hizo. Ya no la quería, no sabía cómo decírselo y le pidió a su madre que la llamara para fingir una falsa muerte. Ahora si iban a tener que conversar seriamente y sin tapujos. ¿O seria acaso que…? No… ¿Pero cómo explicar el cambio que se produjo en su ciudad?
Unos golpecitos en la puerta sacaron a Donna de sus pensamientos.  <<Genial Yenedey ya ha vuelto>>. Corrió hacia ella y la abrió con un gran impulso, pero no era el quien estaba tras el marco. En su lugar un hombre alto y corpulento de facciones duras pelo corto y piel negra la miraba con aspecto preocupado. Tenía una ligera perilla bajo el labio inferior y  Vestía ropas elegantes. <<Parece un segurata>> Pensó Donna.
- ¿Se encuentra bien señorita Clapton?
- ¿Quién es usted?
- Oh! Discúlpeme, que grosero… Mi nombre es Roger Cutler, soy un gran amigo de Yenedey. Me alojo en el apartamento de al lado, he escuchado gritos y he pensado que tal vez…
- Si si, solo ha sido una pesadilla lo siento.
- ¿Se encuentra el señor Sura en casa?
- La verdad es que no, dijo que volvería al anochecer.
- Ya son las once y veinticinco le llamare por teléfono, lamento las molestias. Si necesita cualquier cosa, señorita Clapt…
- Por favor solo Donna 
- Discúlpeme, si necesitas cualquier cosa estoy en esa puerta.
- Si… ¿Qué día es hoy?
- Veinticinco de mayo
- ¿De qué año?
Tal vez Roger ayudaría a Donna a salir de dudas, aunque parecía bastante reacio a contestar su pregunta.
- ¡Vaya! Ahí viene Yenedey.
- Yo no veo a nadie.
En ese preciso instante el joven y seductor Yenedey Sura giro la esquina e hizo acto de presencia. No parecía demasiado contento más su expresión cambio a preocupación al ver a Donna junto a Roger.
- ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien?
- Tranquilo la pobre muchacha solo ha sufrido una pesadilla.
- ¿Y que era?
- Tu muerte - Declaro Donna. Roger y Yenedey se miraron con complicidad ¿A qué se referiría la muchacha con tu muerte? ¿Habría descubierto lo que son?
- Entremos -  sugirió Yenedey.
Una vez dentro los invito a tomar asiento en el sofá, recogió el vaso con la bolsita de tila que había utilizado Donna y en su lugar coloco una jarra de té con tres tacitas a juego y un azucarero rojo.
- Tienes mala cara Donna - Indico Yenedey tocándole la frente - ¿Te encuentras bien?. - Si pudiese ser posible se apreciaría que la muchacha estaba más pálida que de costumbre. Ya no se apreciaban sus mejillas rosadas y bajo los ojos empezaban a asomar unas bolsas azules además de que sus labios comenzaban a ponerse morados.
- No, ya me encontraba mal antes pero parece que voy a peor ¿Tienes una aspirina?
- Yo se la traigo - intervino Roger - tu búscale una manta, está tiritando.
- Sí.
No tardó mucho en volver con la manta que le coloco con dulzura por encima.
- Lo he recordado todo ¿sabes?
- ¿De verdad?
- Mira si no querías estar conmigo simplemente habérmelo dicho… pero pedirle a tu madre que me diga que estás muerto me parece una crueldad y que sepas que…
- ¿De dónde te sacas eso preciosa?
- ¿Qué? -La pregunta dejo perpleja a la joven Donna, había tanta dulzura en sus palabras que se empezaba a preguntar si no estaría realmente confundida con sus estúpidas teorías. - Bueno… yo… Lo siento - dijo finalmente comprendiendo que no era así al ver la cara de dolor de Yen. - Tu madre me llamo. Me dijo que habías muerto en un accidente de coche. ¿Tienes idea del daño que me ocasiono esa noticia? Estuve llorando días y días sin parar…
- Donna… perdóname… hay cosas que no puedo explicarte aun.
- ¿Por qué? ¿No confías en mí?
Yenedey reflexiono en silencio. Tenía razón, claro que sí, confiaba con todo su ser en ella, simplemente tenía miedo, miedo de que no lo entendiese, de que no lo asimilara y le abandonase.
- Tengo miedo
- ¿De… de qué? - Consiguió decir Donna entre tos y tos. Había empezado a darle una fuerte sacudida de catarro, por un momento, sintió que le faltaba el aire. En ese instante llego Roger con la aspirina, pero comprendió de inmediato que lo que le estaba sucediendo a la muchacha no era ningún síntoma que se pudiese curar con una simple pastilla. Yenedey se levantó de golpe preocupado por Donna intentaba calmarla, pero estaba más alterado el que ella, no cesaba de preguntarle que tenía, que le sucedía, pero ella no podía hablar. finalmente se desmayó en el sofá.

- ¡Yenedey!, está en tránsito.


domingo, 25 de mayo de 2014

Lazos Eternos: Capítulo I


- Ve a buscar a Yenedey, que venga enseguida.
- Ahora mismo señor.
Roger se quedó helado ante la imagen que tenía delante. Lo cierto era que nunca antes la había visto en persona, es más, debería ser imposible que aun siguiese viva. No obstante ahí estaba, plácidamente dormida en el interior de una cámara de cristal. Su melena tan roja como el fuego, su tez blanca como la porcelana, no podía verle los ojos aun con todo  sabía sin ninguna duda que serían verdes como la esmeralda.

- Ya estoy aquí ¿Qué pasa?
- Tienes que ver esto. - Dijo Roger de forma tranquila mientras acompañaba al recién llegado al interior de la habitación. - ¿Es ella? … Es ella verdad…
Yenedey se quedó sin habla.  ¿Había alguna posibilidad de que siguiese viva? No, de ninguna manera.
- No… no estoy seguro. Sacadla de ahí y llevadla al piso vigía, enseguida saldremos de dudas.
Odiaba esa situación, sentirse tan inseguro… eso no era algo que fuese con él. Debía mantenerse frio, duro, inhumano, esa era sin duda su fachada, como había sobrevivido hasta ahora. Por fortuna Roger era un buen amigo suyo, casi podría decirse que era su único amigo junto con Fabián, sin importar que este último fuese humano. Ellos eran las únicas personas en las que podía confiar y por consiguiente las únicas que sabían de la existencia de Donna. En efecto nunca la habían visto ya que se suponía que desapareció aproximadamente ciento veinte años atrás. Pero habían tenido el privilegio de entrar en los aposentos de Yenedey, y así pues, observar varias fotos de el con Donna cuando aún era humano.


Todavía seguía inconsciente. Sentía resentidas todas y cada una de las articulaciones de su cuerpo. No paraba de estirarse y de moverse pero al mismo tiempo se encontraba en un sueño profundo. Cuando al fin abrió los ojos se encontraba tan desorientada que se quedó buen rato mirando a la nada. Apenas se filtraban los rayos de sol a través de las rendijas de la persiana, por lo que la habitación se veía muy oscura, algo que sus ojos agradecieron. Aun en la cama miro a su alrededor. No reconoció el lugar mas si ciertas cosas que eran suyas, como un jersey, un marco fotográfico y varios libros. También pudo observar algunas de las pertenencias de su compañero.

En el apartamento de al lado, en una habitación con grandes pantallas holográficas, se encontraban Roger y Yenedey, observando a través de las cámaras que se hallaban instaladas en el piso donde dejaron a Donna. Este último no le quitaba ojo de encima, estaba realmente seguro de que era ella. Sus gestos, su aroma, su mirada… <<Sí no cabe duda que es ella>> pensó, aunque siempre queda la incertidumbre de si no sería alguna artimaña de Zacarias, algún hechizo por parte de uno de sus brujos o sencillamente  una muchacha que se estuviese haciendo pasar por la joven del piso de al lado, y si lo era desde luego se merecía el Oscar. Debía hablar con ella, pero ¿Y si le había olvidado?

*

Tras casi una hora de intenso aturdimiento, Donna decidió que había llegado el momento  de levantarse. El primer intento fue un desastre pues nada más apoyar la planta de los pies sobre la alfombra cayo de bruces contra ella. Se escuchó un leve quejido pero lo volvió a intentar de nuevo, esta vez con más cuidado. Se sentía un poco mareada, seguramente  se levantó demasiado rápido de la cama. Comenzó a caminar rodeando el lecho, hasta que llego a la ventana y la abrió junto con la persiana, por fin algo de luz y aire fresco.
- ¡¡Yenedey!!
- Aquí estoy.
- Yen... ¿Dónde estamos?
- En casa
A pesar de su aparente calma el muchacho estaba echo un manojo de nervios,  se sentía mal por mentirla, y peor aún por no poder lanzarse a sus brazos, besarla y  acariciar su pálida mejilla. Al menos miraría el lado positivo. Donna se acordaba de él,  aunque parecía demasiado tranquila después de lo que sucedió poco antes de su desaparición.
- Creo que me ocurre algo.
- ¿A qué te refieres?
- Pues… para empezar me siento bastante débil y… ¿En casa?  Está claro que no estamos en casa
- Tranquila, ven - . Se acercó a ella rodeándola con los brazos para calmarla, al mismo tiempo que le indicaba que se sentase en la cama. Por fin pudo sentir su calidez cerca de él, respirar su aroma, sentir su cabello entre los finos dedos de su mano - ¿Qué es lo último que recuerdas? - Le susurró al oído.
- Te fuiste… recuerdo que llevabas varias semanas fuera de casa.
- ¿Recuerdas por qué?
- Claro. Querías pasar el verano con tu familia.
- Deberías descansar, no tienes buena cara.
- Me encuentro bien. De todas formas no creo que pueda dormir más. No sin antes entender que hacemos aquí o… ¿Cuándo has vuelto?
Yenedey comprendió entonces, que la muchacha no recordaba lo que había sucedido en los últimos meses.
- ¿Tienes hambre? Te traeré algo de comer.
Dicho eso se levantó y salió de la estancia con unos andares tan elegantes que dejaron a Donna perpleja. Se sentía tan confusa... No entendía lo que estaba pasando ¿Dónde estaban? Yen se había ido con una excusa tan burda, que  no hizo más que hacerla pensar que le ocultaba algo. ¿Por qué estaba tan distante?  
Volvió a levantarse de la cama buscando algo de ropa para cambiarse. En el armario no había más que un par de  chaquetillas de chándal y unos leggins negros, <<Menos es nada>>.
Yenedey aún no había vuelto por lo que termino de ponerse la chaqueta y salió a buscarle. El piso no era muy grande, por no decir que era demasiado pequeño en comparación a donde vivian antes. Según abandono la habitación encontró la cocina justo de frente, al menos todo estaba bastante recogidito y limpio, algo que llamo su atención ya que el muchacho no se caracterizaba precisamente por su afán a la limpieza. Seguramente tendría contratado un servicio de limpieza.
- La leche ya está caliente. Siéntate. - Casi sonó como una orden. Yen le puso el vaso caliente sobre la mesa, junto con un par de cruasanes. - ¿Quieres algo más? Unas galletas…
- No te preocupes, no tengo demasiado apetito.
- Tienes que comer algo preciosa.
- ¿Qué me ocultas Yenedey Sura? - Donna solo utilizaba su nombre completo cuando estaba enfadada, y ahora comenzaba a estarlo.
- En realidad esperaba que tú me lo dijeses. Te encontré inconsciente en una vieja fábrica abandonada y te traje aquí. Lo que paso ya no lo sé. También traje algunas de tus cosas para que te sintieses a gusto, algo de ropa unas fotos y eso… - No le dijo toda la verdad, pero al menos no le mintió del todo.
- Si, ya lo he visto. - Hubo un breve silencio - No me acuerdo… Cuando he abierto los ojos me he sentido como si fuera otro día cualquiera, he pensado que estarías a mi lado, nos levantaríamos, desayunaríamos juntos… pero después he recordado que estabas de vacaciones en tu pueblo. Cuando al fin he logrado ver algo  no he reconocido el lugar pero en esos momentos no me he dado cuenta me sentía demasiado atolondrada  hasta que al abrir la ventana y notar la brisa de aire fresco  en la cara he vuelto al planeta tierra, me he puesto muy  nerviosa y he gritado tu nombre, no esperaba que vinieses pero ahí estabas y ahora… estoy echa un lio…

*

Yen había tenido que marcharse, no le dijo a donde solo que volvería al anochecer. Le había dejado un par de libros para entretenerse, pero uno ya lo había leído y el otro le resultaba tremendamente aburrido. Lo cierto era que necesitaba salir, se estaba ahogando encerrada en esas cuatro paredes, además tal vez si salía lograría recordar algo. Pero no fue así. La confusión y las preguntas aumentaron a medida que caminaba. No había duda de que se encontraba en la misma ciudad, si, pero con unos cambios bastante notorios, empezando desde el suelo, las paredes, los edificios… todo había sido alterado parecía que hubiese participado en un viaje al futuro. Los coches eran más modernos, lujosos y silenciosos de lo que jamás había visto, no se hubiese sorprendido tanto si solo hubiese visto uno pero prácticamente todo el mundo llevaba uno de esos vehículos, al menos seguían yendo por la carretera. Los carteles publicitarios eran ahora hologramas en 3D, hasta las papeleras parecía de lujo. Las vestimentas de la gente no habían cambiado demasiado, por suerte para ella aun con todo se sentía fuera de lugar.
No quería ver nada más, no sabía si podría aguantarlo, dio media vuelta y volvió a casa. Allí se sentía segura, confusa pero segura. Parecía un lugar normal sin artilugios extraños ni cosas modernas. Debía relajarse, estaba temblando como un flan y no de frio. Entro en la cocina y  se preparó una tila doble con mucho azúcar. El salón estaba a lado de la puerta de salida, no era demasiado grande pero sería suficiente para ella sola. En el centro, contra la pared, había un sofá de color azul, frente este un gran armario que sostenía unos cuantos libros, cachivaches y la televisión de plasma. En medio de estos dos, sobre una alfombra roja se encontraba una mesita baja de cristal, con el mando de la televisión y un par de posavasos de cristal sobre ella. Se sentó en el sofá y apoyo la taza de tila en el posavasos. Le parecía un lugar bastante frio, y deshabitado. Demasiado limpio. <<Tengo la sensación de que Yen ni siquiera vive aquí>> Pensó, ya que percibió que apenas había visto cosas de el en el piso.
Se terminó la tila y se tumbó en el sofá. Era ya media tarde y  Yenedey aún no había vuelto, claro que dijo que lo haría más tarde. No sabía si era el efecto tranquilizante de la tila o las experiencias vividas pero se sentía muy  cansada. Se acurruco en el sofá y poco a poco se fue quedando dormida.




sábado, 24 de mayo de 2014

Lazos Eternos





Sinopsis provisional:

Imaginar  tener todo el tiempo del mundo… Nunca morirás, nunca envejecerás.
Ahora imaginar que habéis perdido vuestra media naranja, vuestro único amor eterno y sentiros culpables. Sentiros culpables  por todos los conflictos que hay en vuestra vida y pensar que la han afectado de algún modo.
¿Cómo actuaríais si os dijesen que aún sigue viva? Conservada en una cámara durante más de cien años. ¿Y si fuera una estratagema de tu peor enemigo? 
¿Volverías a aceptarla en tu vida?