domingo, 25 de mayo de 2014

Lazos Eternos: Capítulo I


- Ve a buscar a Yenedey, que venga enseguida.
- Ahora mismo señor.
Roger se quedó helado ante la imagen que tenía delante. Lo cierto era que nunca antes la había visto en persona, es más, debería ser imposible que aun siguiese viva. No obstante ahí estaba, plácidamente dormida en el interior de una cámara de cristal. Su melena tan roja como el fuego, su tez blanca como la porcelana, no podía verle los ojos aun con todo  sabía sin ninguna duda que serían verdes como la esmeralda.

- Ya estoy aquí ¿Qué pasa?
- Tienes que ver esto. - Dijo Roger de forma tranquila mientras acompañaba al recién llegado al interior de la habitación. - ¿Es ella? … Es ella verdad…
Yenedey se quedó sin habla.  ¿Había alguna posibilidad de que siguiese viva? No, de ninguna manera.
- No… no estoy seguro. Sacadla de ahí y llevadla al piso vigía, enseguida saldremos de dudas.
Odiaba esa situación, sentirse tan inseguro… eso no era algo que fuese con él. Debía mantenerse frio, duro, inhumano, esa era sin duda su fachada, como había sobrevivido hasta ahora. Por fortuna Roger era un buen amigo suyo, casi podría decirse que era su único amigo junto con Fabián, sin importar que este último fuese humano. Ellos eran las únicas personas en las que podía confiar y por consiguiente las únicas que sabían de la existencia de Donna. En efecto nunca la habían visto ya que se suponía que desapareció aproximadamente ciento veinte años atrás. Pero habían tenido el privilegio de entrar en los aposentos de Yenedey, y así pues, observar varias fotos de el con Donna cuando aún era humano.


Todavía seguía inconsciente. Sentía resentidas todas y cada una de las articulaciones de su cuerpo. No paraba de estirarse y de moverse pero al mismo tiempo se encontraba en un sueño profundo. Cuando al fin abrió los ojos se encontraba tan desorientada que se quedó buen rato mirando a la nada. Apenas se filtraban los rayos de sol a través de las rendijas de la persiana, por lo que la habitación se veía muy oscura, algo que sus ojos agradecieron. Aun en la cama miro a su alrededor. No reconoció el lugar mas si ciertas cosas que eran suyas, como un jersey, un marco fotográfico y varios libros. También pudo observar algunas de las pertenencias de su compañero.

En el apartamento de al lado, en una habitación con grandes pantallas holográficas, se encontraban Roger y Yenedey, observando a través de las cámaras que se hallaban instaladas en el piso donde dejaron a Donna. Este último no le quitaba ojo de encima, estaba realmente seguro de que era ella. Sus gestos, su aroma, su mirada… <<Sí no cabe duda que es ella>> pensó, aunque siempre queda la incertidumbre de si no sería alguna artimaña de Zacarias, algún hechizo por parte de uno de sus brujos o sencillamente  una muchacha que se estuviese haciendo pasar por la joven del piso de al lado, y si lo era desde luego se merecía el Oscar. Debía hablar con ella, pero ¿Y si le había olvidado?

*

Tras casi una hora de intenso aturdimiento, Donna decidió que había llegado el momento  de levantarse. El primer intento fue un desastre pues nada más apoyar la planta de los pies sobre la alfombra callo de bruces contra ella. Se escuchó un leve quejido pero lo volvió a intentar de nuevo, esta vez con más cuidado. Se sentía un poco mareada, seguramente  se levantó demasiado rápido de la cama. Comenzó a caminar rodeando el lecho, hasta que llego a la ventana y la abrió junto con la persiana, por fin algo de luz y aire fresco.
- ¡¡Yenedey!!
- Aquí estoy.
- Yen... ¿Dónde estamos?
- En casa
A pesar de su aparente calma el muchacho estaba echo un manojo de nervios,  se sentía mal por mentirla, y peor aún por no poder lanzarse a sus brazos, besarla y  acariciar su pálida mejilla. Al menos miraría el lado positivo. Donna se acordaba de él,  aunque parecía demasiado tranquila después de lo que sucedió poco antes de su desaparición.
- Creo que me ocurre algo.
- ¿A qué te refieres?
- Pues… para empezar me siento bastante débil y… ¿En casa?  Está claro que no estamos en casa
- Tranquila, ven - . Se acercó a ella rodeándola con los brazos para calmarla, al mismo tiempo que le indicaba que se sentase en la cama. Por fin pudo sentir su calidez cerca de él, respirar su aroma, sentir su cabello entre los finos dedos de su mano - ¿Qué es lo último que recuerdas? - Le susurró al oído.
- Te fuiste… recuerdo que llevabas varias semanas fuera de casa.
- ¿Recuerdas por qué?
- Claro. Querías pasar el verano con tu familia.
- Deberías descansar, no tienes buena cara.
- Me encuentro bien. De todas formas no creo que pueda dormir más. No sin antes entender que hacemos aquí o… ¿Cuándo has vuelto?
Yenedey comprendió entonces, que la muchacha no recordaba lo que había sucedido en los últimos meses.
- ¿Tienes hambre? Te traeré algo de comer.
Dicho eso se levantó y salió de la estancia con unos andares tan elegantes que dejaron a Donna perpleja. Se sentía tan confusa... No entendía lo que estaba pasando ¿Dónde estaban? Yen se había ido con una excusa tan burda, que  no hizo más que hacerla pensar que le ocultaba algo. ¿Por qué estaba tan distante?  
Volvió a levantarse de la cama buscando algo de ropa para cambiarse. En el armario no había más que un par de  chaquetillas de chándal y unos leggins negros, <<Menos es nada>>.
Yenedey aún no había vuelto por lo que termino de ponerse la chaqueta y salió a buscarle. El piso no era muy grande, por no decir que era demasiado pequeño en comparación a donde vivian antes. Según abandono la habitación encontró la cocina justo de frente, al menos todo estaba bastante recogidito y limpio, algo que llamo su atención ya que el muchacho no se caracterizaba precisamente por su afán a la limpieza. Seguramente tendría contratado un servicio de limpieza.
- La leche ya está caliente. Siéntate. - Casi sonó como una orden. Yen le puso el vaso caliente sobre la mesa, junto con un par de cruasanes. - ¿Quieres algo más? Unas galletas…
- No te preocupes, no tengo demasiado apetito.
- Tienes que comer algo preciosa.
- ¿Qué me ocultas Yenedey Sura? - Donna solo utilizaba su nombre completo cuando estaba enfadada, y ahora comenzaba a estarlo.
- En realidad esperaba que tú me lo dijeses. Te encontré inconsciente en una vieja fábrica abandonada y te traje aquí. Lo que paso ya no lo sé. También traje algunas de tus cosas para que te sintieses a gusto, algo de ropa unas fotos y eso… - No le dijo toda la verdad, pero al menos no le mintió del todo.
- Si, ya lo he visto. - Hubo un breve silencio - No me acuerdo… Cuando he abierto los ojos me he sentido como si fuera otro día cualquiera, he pensado que estarías a mi lado, nos levantaríamos, desayunaríamos juntos… pero después he recordado que estabas de vacaciones en tu pueblo. Cuando al fin he logrado ver algo  no he reconocido el lugar pero en esos momentos no me he dado cuenta me sentía demasiado atolondrada  hasta que al abrir la ventana y notar la brisa de aire fresco  en la cara he vuelto al planeta tierra, me he puesto muy  nerviosa y he gritado tu nombre, no esperaba que vinieses pero ahí estabas y ahora… estoy echa un lio…

*

Yen había tenido que marcharse, no le dijo a donde solo que volvería al anochecer. Le había dejado un par de libros para entretenerse, pero uno ya lo había leído y el otro le resultaba tremendamente aburrido. Lo cierto era que necesitaba salir, se estaba ahogando encerrada en esas cuatro paredes, además tal vez si salía lograría recordar algo. Pero no fue así. La confusión y las preguntas aumentaron a medida que caminaba. No había duda de que se encontraba en la misma ciudad, si, pero con unos cambios bastante notorios, empezando desde el suelo, las paredes, los edificios… todo había sido alterado parecía que hubiese participado en un viaje al futuro. Los coches eran más modernos, lujosos y silenciosos de lo que jamás había visto, no se hubiese sorprendido tanto si solo hubiese visto uno pero prácticamente todo el mundo llevaba uno de esos vehículos, al menos seguían hiendo por la carretera. Los carteles publicitarios eran ahora hologramas en 3D, hasta las papeleras parecía de lujo. Las vestimentas de la gente no habían cambiado demasiado, por suerte para ella aun con todo se sentía fuera de lugar.
No quería ver nada más, no sabía si podría aguantarlo, dio media vuelta y volvió a casa. Allí se sentía segura, confusa pero segura. Parecía un lugar normal sin artilugios extraños ni cosas modernas. Debía relajarse, estaba temblando como un flan y no de frio. Entro en la cocina y  se preparó una tila doble con mucho azúcar. El salón estaba a lado de la puerta de salida, no era demasiado grande pero sería suficiente para ella sola. En el centro, contra la pared, había un sofá de color azul, frente este un gran armario que sostenía unos cuantos libros, cachivaches y la televisión de plasma. En medio de estos dos, sobre una alfombra roja se encontraba una mesita baja de cristal, con el mando de la televisión y un par de posavasos de cristal sobre ella. Se sentó en el sofá y apoyo la taza de tila en el posavasos. Le parecía un lugar bastante frio, y deshabitado. Demasiado limpio. <<Tengo la sensación de que Yen ni siquiera vive aquí>> Pensó, ya que percibió que apenas había visto cosas de el en el piso.
Se terminó la tila y se tumbó en el sofá. Era ya media tarde y  Yenedey aún no había vuelto, claro que dijo que lo haría más tarde. No sabía si era el efecto tranquilizante de la tila o las experiencias vividas pero se sentía muy  cansada. Se acurruco en el sofá y poco a poco se fue quedando dormida.




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